La tristeza de serlo todo | Por Fernando Pessoa

Fernando Pessoa (1888-1935) fue un escritor portugués, y de los escritores más grandes de todo el siglo XX.

3.

Amo, en las lentas tardes de verano, el sosiego de la parte baja de la ciudad, y sobre todo ese sosiego que el contraste acentúa allí donde, durante el día, Lisboa se hunde en el bullicio. La Rua do Arsenal, la Rua da Alfândega, la prolongación de las calles que se extienden tristes hacia el este desde el sitio donde cesa la Rua da Alfândega, toda la línea fragmentada de los diques mudos -todo eso acuna mi alma en la tristeza, si me sumo, en estas tardes, a la soledad del conjunto. Vivo en una era anterior a la que vivo; gozo sintiéndome coetáneo de Cesário Verde, y tengo en mí, no otros versos como los suyos, sino lamisma sustancia de los versos que fueron suyos. Por allí arrastro, hasta que cae la noche, una sensación de vida parecida a la de esas calles. De día las colma un bullicio que no quiere decir nada; de noche, una falta de bullicio que no quiere decir nada. Yo de día soy nulo, y de noche soy yo. No hay entre mi persona y las calles que corren paralelas a la Aduana ninguna diferencia, salvo el hecho de que ellas son calles y yo un alma, lo que bien puede no significar nada a la luz de la esencia de las cosas. Hay un destino idéntico, porque es abstracto, para los hombres y para las cosas -una designación igualmente indiferente en el álgebra del misterio.


Pero hay algo más… en estas horas lentas y vacías, asciende de mi alma a mi mente una tristeza que es la de serlo todo, una amargura de serlo todo junto, una sensación de ser yo y a la vez algo externo, que no está en mis manos alterar. ¡Ah, cuántas veces mis propios sueños se alzan convertidos en cosas, no para substituirme la realidad, sino para confesarme que ellos son sus pares en eso de que yo no los quiera, en eso de que yo los sienta venirse sobre mí como surgidos de afuera, como el tranvía que da vuelta en laúltima curva de la calle, o la voz del mercanchifle nocturno de no sé qué cosa, que se corra de pronto, con su tonada árabe, como un chorro súbito, contra la monotonía última del atardecer!

Pasan futuras parejas, pasan de a pares las costureras, pasan muchachos ávidos de placer, fuman en su paseo de siempre los reformadores de todo, apostados en las puertas de sus negocios, en poco se fijan los vagos inmóviles que son sus dueños. Lentos, en poco se fijan los vagos inmóviles que son sus dueños. Lentos, robustos y frágiles, pasan los reclutas, sonámbulos en manadas de pronto ruidosas, de pronto más que ruidosas. Brota, cada tanto, gente normal. A esta hora los automóviles no son allí muy frecuentes; ellos sí que son musicales. En mi corazón hay una paz de angustia, y mi sosiego está hecho de resignación.


Pasa todo lo que por allí pasa y nada de lo que pasa por allí me dice nada. Todo es ajeno a mi destino, ajeno incluso al destino como tal -inconsciencia, rictus de contrariedad dibujándose ante el desatino de los hechos, cuando el azar pone piedras en el camino, ecos de voces incógnitas-, ensalada colectiva de la vida.

  • Fernando Pessoa / Bernardo Soares, Libro del desasosiego, Bs. As., Emecé, 2012, p. 49-51.