Las infinitas puertas del preguntar | Por Carlos Skliar

Carlos Skliar es investigador, docente, fonoaudiólogo y escritor argentino especializado en literatura, pedagogía y filosofía.

De pronto -súbita, subrepticiamente-, conocemos a alguien, o un fragmento de alguien, o un instante junto a alguien, y nuestra vida, aquello que creemos es nuestra vida, parece desconocernos en su pasado, en su aparente y convencional fisonomía, y el presente se hace presencia absoluta, como si no hubiera ninguna tierra atrás, ningún indicio cierto: una determinada mirada, una gestualidad distinta, la forma de estirar o de contraer la punta de los pies o el modo titubeante, sereno o inquieto de la voz, nos indica un lugar desconocido, como un siglo de destemplanza o de perplejidad o de euforia, lejos de la patria de uno, fuera de toda astucia y huérfanos de cualquier estrategia.


De pronto -inesperada, reveladoramente-, alguien, o un fragmento de alguien, o un instante junto a alguien, ofrecen senderos o abismos o encrucijadas que bien pudiésemos tomar, sin haberlo nunca imaginado antes: la vida deja de ser la que era, la que creíamos que era, para dar paso a una imaginación abierta, ilimitada, de absurda y honesta alegría, en cierto modo impune, abismal, desordenada.


De pronto -rápida, precipitadamente-, alguien, o un fragmento de alguien, o un instante junto a alguien, abre las infinitas puertas del preguntar, de la voluntad naciente y creciente del preguntar, del deseo desnudo del preguntar, y la marea comienza y se torna voz incontrolable o permanece agazapada: ¿de dónde has venido? ¿Qué cielos, qué tierras te han habitado? ¿Hacia dónde irás en el segundo siguiente? ¿Qué te conmueve, qué te hiela, qué te une y qué te separa del mundo? ¿Amas a Clarice Lispector, a Virginia Woolf, a Pessoa, a Whitman, a Cortázar, a Merini, a Borges, o tus ojos se posan más bien en pinturas, partituras, en pájaros sin rumbo, o en huellas que nadie ha pisado o que todo el mundo ha borrado? ¿Es el mar o es la pendiente de una montaña lejana la que ha dado paso a tu modo de andar, de reír, de llorar? ¿En qué crees, por qué lo haces, es necesario creer para percibir? ¿Es esta la vida que te fue dada o la que te fue negada? ¿Cuántos hijos querrás hacer vivir o perdonar o arrastrar? ¿Cómo son, cómo eran, los cabellos y los cuentos de tus abuelos?


Y de pronto -mortífera, solitariamente-, alguien, o un fragmento de alguien, o un instante junto a alguien, se acaba en el umbral mismo del silencio y ninguna pregunta puede ser dicha o hecha o siquiera pensada, pues alguien, o un fragmento de alguien, o un instante junto a alguien se pierde o se vacía o se desencuentra, y es que nada en el mundo puede ser simétrico o matemático, y lo que parecía cercano, esa suerte de bienvenida que damos a quien el deseo o la intuición nos impulsa a conocer, cae en un pozo sin luz, en una suerte de jaula desierta, sin nadie dentro, sin nadie fuera, y los ojos se repliegan y se envuelven como velas de sórdidos naufragios, masacrando el tiempo en que era posible intuir, o sorber, o amar, o recibir otras vidas.


Por eso, a veces vamos, o somos, o nos sentimos, o nos hacemos cuerpos callados. Y por eso, a veces vamos, o somos, o nos sentimos, o nos hacemos cuerpos que arden.


Y todo ello, que de verdad ocurre en la vida -el encuentro, el desencuentro, la pasión, el desamor-, también ocurre de verdad en la lectura.

  • Carlos Skliar, La inútil lectura, Bs. As., Waldhuter Editores, 2019, p. 142-144.